Domingo de meos en el Laboratory de Berlín

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Indicaciones a la entrada del club:
play safe – dress dirty – no drugs – no perfume
 

A las 4 de la tarde era la convocatoria de un “yellow party”. Día frío y lluvioso. Una antigua bañadera blanca sobre cuatro patitas muy cerca del bar era el símbolo de la temática.

No había código de vestimenta para permanecer. En ese lugar nunca hay límites de edades. Algunos jóvenes, la mayoría entre 35 y 50 años y los demás hasta más allá de los 70. Todos hombres blancos. Los germánicos se destacaban por sus alturas, hasta más de 2 metros y con pijas proporcionales, pero el 70% éramos sajones y latinos con tamaños intermedios. Algún gordito, bastantes barbas; mariquitas ninguna.

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Al comienzo los desnudos escaseaban, vestimenta deportiva y bastante latex. Pasada la primer hora las ropas estaban ya muy húmedas y cada vez más desnudos con pieles sudadas y mojadas.

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En el Laboratory siempre hay sexo con meo, en los baños y en un lugar que se llama “Toilette humano”. En las noches amarillas, el meo se practica en todas partes.

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El encuentro entre más de dos era frecuente y no ese amontonamiento donde se trata de agarrar lo que se puede, sino acercamientos buscados y aceptados. Muchos machos en cuclillas casi siempre esperando ser meados y en agradecimiento solían luego chuparles la pija a los donantes.

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El “toilette humano” muy concurrido. Es un espacio pequeño para no más de 6 personas y su piso es un enrejado por el cual se puede ver el sótano. Allí abajo van los que quieren recibir los meos que caen del piso superior. Son escenas de verdaderas lluvias doradas.

En ese espacio tuve mi primer encuentro de la tarde. Me puse al pie de la escalera para descender. Se acerca un gordito de unos 25 años, barbita, semi peludo, con un calzoncillito que apenas le tapaba la  raya del culo, me mira de reojo y baja la escalera. Lo sigo y sin vueltas nos chupamos todo. Así estuvimos más de 15 minutos y cada vez que creíamos que íbamos a abandonar (era muy temprano para acabar) una lluvia tibia nos empapaba y nuestros cuerpos sentían la necesidad de frotarnos y así nos calentábamos más.

Nos despedimos con un intenso beso. Nos cruzamos varias veces más en la tarde y cuando yo ya me estaba vistiendo para irme, se me acerca y me entrega un afectuoso saludo de despedida.

De ese sótano del “toillete” ví subir a un muy flaco, casi desnudo, con cabellos muy largos y mojados que me miró y nada más. Me atrajo su actitud de macho perverso.

A la media hora lo encuentro sentado en un camastro. Me acerco y me acepta. Y como era común en esa noche nos besamos en la boca, nos agarramos las tetillas, me tantea la pija, me muestra la suya que estaba erecta, se acuesta, quiere que se la chupe, se para y se cuelga de unas sogas y quiere más chupadas en esa nueva posición. Así durante varios minutos y me devuelve la atención chupando mi pija y mis bolas. Veo que sus zapatillas estaban a un costado, le franeleo las piernas y los pies a través de sus húmedas medias. Siento que nos gusta, prosigo, le saco las medias y le chupo los dos pies. Con sus movimientos me va marcando que le va gustando más: la planta del pie, los dedos, los dos pies juntos dentro de mi boca. Me vienen ganas de mearlo, pero el chorro no me sale, me ayuda dándome masajes en mi vejiga. Lo logro, nos besamos y nos despedimos.

Después de una media hora de descanso y tomando dos coca-colas (la cerveza es más eficaz pero no quería estar mareado), vuelvo al ruedo. Dos machos de chivita (más o menos 35 años), uno me mira fijo y no hizo falta nada más para encertarnos los tres. No estaban mojados, pero con la pija al aire y chalecos de cuero, sus olores (los de la ropa y la transpiración) eran un atrayente incentivo. Uno de ellos se mostraba muy fogoso, el otro acompañaba y cuando yo creía que ya era suficiente, volvíamos a empezar. Mi cuerpo estaba agotado y esta vez le estaba ganando a la calentura, pero había decidido acabar con estos dos juntos. Se dieron cuenta y fuertemente usaron sus bocas, sus manos, sus cuerpos y les agradecí con un fuerte grito que me salió de adentro, sin exageración alguna.

Me recuesto en un sillón sucio como todo el lugar, donde los papeles se tiraban al suelo, donde se fumaba por todas partes, sin ceniceros, el piso mojado.

Deseaba recomponerme para vestirme y dar por finalizada la jornada.

Cuando me pude reincorporar no me fui al vestuario sino a hacer una recorrida de despedida. Paso por la entrada del toillete humano, un macho en cuclillas me detiene y espera que lo mee. Siento que la vejiga me responde y mi tibio líquido se desliza desde su cabeza por los pelos del pecho hasta la pija. Escucho de su parte unos suaves gemidos.

De un espacio bastante apartado viene un fuerte olor a cigarros puros y haciéndole caso a mis fosas nasales, veo dos maduros bastante producidos en latex y piercings varios. El que está fumando un habano me sonríe y extiende su mano para acariciarme la barba, le respondo de la misma manera agarrándole una chivita bastante crecida. Creí que iba a ser sólo un contacto por los pelos de nuestras caras. Sus besos intensos por mi boca, mi cuello, mis pezones estaban evidentemente mostrando mucho más. Invita a participar a su pareja o amigo y no nos desprendemos por unos cuantos largos minutos.

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Decido volver a mi departamento, comer algo caliente y a dormir. La ducha se postergará para el lunes por la mañana.

Berlín, domingo por la tarde de un mes de noviembre.