Las relaciones sexuales sadomasoquistas consisten en la erotización de los intercambios de poder y de cierto dolor físico dentro de un contexto muy placentero.

Estos intercambios son entre un macho dominante y un macho sumiso (dominado), que también podrían llamarse entre un amo y un esclavo.

Más profundamente puede decirse que es una representación, un convencionalismo, una artificiosidad  del ejercicio del poder. Nada ni nadie prescribe de antemano quién o quiénes ocuparán el/los roles de dominante/s o el rol de sumiso/s. Es una decisión compartida de los participantes que puede ser versátil. Los roles pueden revertirse, quién empieza siendo sumiso  puede acabar siendo amo y viceversa.

Las prácticas sadomasoquistas son en definitiva, técnicas sofisticadas de placer mental y corporal. El aspecto más intenso no es el dolor psíquico o físico sino la relación de poder. La pericia del Amo es que sepa llevar al esclavo hasta sus propios límites y convertirlos en formas de extremo placer.

Estos goces no son ni fálicos, ni genitales. Son prácticas que rompen con la idea de que el placer sexual es únicamente placer genital cuyo eje es la pija erecta, la boca o el culo. Se erotiza el cuerpo en su totalidad, se descompone en múltiples zonas erógenas, entre las que se distinguen los pezones, las glúteos, la espalda, el pecho, los pies, las piernas, las bolas y también la pija y el culo.

El dominador suele estar revestido (aunque no necesariamente) de vestimentas que simbolizan el control del poder y la hipermasculinidad. La ropa de cuero o latex, los uniformes, la  ropa de los obreros industriales o de la construcción, son el mayor símbolo de esta autoridad. El sumiso suele estar desnudo que funciona como expresión de entrega y vulnerabilidad.

También se viene diciendo que las relaciones sadomasoquistas han transformado el sentido de identidad masculina que le ha sido negada a todos los gay. Es una reacción al estereotipo de homosexual como afeminado. La prueba de la masculinidad del sumiso está en soportar y tolerar niveles cada vez más intensos de estimulación corporal a la que le somete el dominante. El esclavo diría soy tan macho que puedo aguantar, resistir, bancarme,  intensas sensaciones de dolor y gozar con ellas.

Este mismo sumiso entrega su culo no como una simulada vagina, sino como un agujero muy erótico que el dominante ayuda a super dilatar y facilitarle el paso del dolor del rechazo al dolor-goce de la receptividad.