Los hombres pelados, ya sea porque han perdido sus pelos o porque se afeitan sus cabezas son apreciados, aunque no sea verdad, por tener un alto nivel de testosterona (la hormona masculina del sexo por excelencia).

Y sean flacos o gordos, altos o bajos, a los hombres calvos se los asocia con una gran virilidad.

Algunos de ellos les interesa resaltar su masculinidad con muchos pelos en la cara (barba) y una cabeza rapada.

Cualesquiera de estas características se han convertido en el fetiche del hombre poderoso.

Sin embargo también se ha desarrollado la práctica de rasurar un macho a otro macho y esto se entiende en un marco de poder y sumisión.

El que rasura es el que domina y el rasurado se coloca en un plano de sometimiento y debilidad. Es la repetición de mito de “Sansón y Dalila” entre machos.