Colaboraciones

Londres: de domingo a jueves

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Mi corta estadía de sólo cinco días tenía un solo propósito: reencontrarme con los machos de bajos instintos en el club más morboso de Londres el “The underground club” en el barrio de King Cross

La tarde del domingo

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El domingo por la tarde les hice la primer visita a un grupo amante de los meos en el club.

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Yo me puse uno de mis modelos de latex porque con el sudor intenso y los meos se goza mejor porque se pega a la piel.  También pude sentir que a los otros le gustaba rozarse con este plástico que apenas me tapaba la pija y las bolas y una mínima musculosa que resaltaba mis pezones.

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Cuando me vinieron muchas ganas de mear empecé la búsqueda de un mingitorio humano. Me tropecé en la semioscuridad con un cuerpo que se había tirado en el piso ya bastante mojado. En lugar de pedirle disculpas, le pasé mis zapatillas sobre su pecho, sus bolas y sus labios. Emitía unos mínimos gemidos y eso me hizo saber que le gustaba y que quería más. Todavía de parado, mi vejiga me pedía que la vaciara. Así comenzó el chorro que fue directamente a su boca, pero yo quería que el meo fuera pegado de cuerpo a cuerpo. Me senté sobre él y seguí largando el tibio líquido. Cuando ya no tenía más, nos refregamos todo lo que pudimos. Me despedí con un intenso beso doblemente húmedo.

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Media hora de descanso con un vaso grande de cerveza y a iniciar la segunda hora. Un machísimo muy experimentado de alrededor de 50 años se me cruza, me tira de mi espesa barba, me escupe frenéticamente, me pide lo mismo para él, me agarra la pija y no la abandona hasta que me hace acabar. Gime conmigo y repite continuamente “beautiful”.

 

Martes al anochecer

Había igual de cantidad de gente que la tarde del domingo con mucho más meos y muchísimo morbo. Lo único extra que descubrí sobre mí es que les parece muy bueno que sea un macho de Buenos Aires ¿se imaginarán que allá somos todos así y que no le hacemos asco a ninguna propuesta sexual?

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El primer intento me salió muy bien. Un inglés rubio, maduro y lampiño, quería para él todos mis pelos y mis olores. Empezó con la barba, después el pecho y las axilas y cuando siguió hacia abajo, en cuclillas empezó a chuparme las bolas y de ahí a lamerme todos los pelos del culo. Yo a los 10 minutos con mi culo muy abierto no daba más, él quería mucho más y mientras yo sentía su lengua dentro de mi agujero me pajié con otro que se acercó y acabé.

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Descanso y muchos vasos de agua para juntar mucho meo. Aparece un macho muy morboso con un vaso de cerveza. Primero quiere que meta mi pija dentro del vaso, después me la chupa (así varias veces) hasta que me pide que le eche un poco de meo dentro del vaso de cerveza, se la toma, se abre un poco la bragueta (tenía un pantalón largo) y me pide que ponga mi pija adentro y le eche el resto del meo

Una  pausa para recuperar mínimas fuerzas, vestirme, volver a mi alojamiento alrededor de las 10 de la noche, mirar el correo y dedicarme a un merecido descanso.

 

Ultima día: jueves por la noche

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A las 10 de la noche estaban convocados los machos mayores (daddies).

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No había ninguna sugerencia o indicación de cómo estar  vestido, sin embargo la mayoría tenía sus pechos al aire o sus camisas abiertas, algunos se mostraban con sus nalgas desnudas comunicando sus preferencias.

 

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No había terminado de aligerarme de ropa cuando un dady tempranero se me presenta agarrándome de las tetillas y acariciando mi espesa barba.

Empieza bien la noche me dije.

Mi curiosidad me hacía preguntar qué característica tendrían estos “daddies”, cuánto mayores serían, cuán vivaces y sensuales estarían sus cuerpos y sus miradas, ¿vendrían también admiradores?

Alrededor de las 9 y media llega un joven maduro de alrededor de 40 años, apariencia de oficinista, rápidamente se desviste y se deja puesto sólo su negro calzoncillo. Sin pausa y con prisa comienza su “giro” y rápido encuentro con uno, después con otro, después con dos. Nos cruzamos pero creí que no me veía.

Yo soy hombre para él, pensé, pero evidentemente él no para mí.

Veo llegar a otro cuarentón, rubio, con barba en crecimiento, actitud sonriente y repartiendo saludos de amigo, inclusive a mí que era un desconocido.

Después de estar bien entonado con una segunda cerveza me propongo no irme sin algún recuerdo satisfactorio.  Casi me tropiezo con el del negro calzoncillo, no lo dejo pasar y accedimos a presentarnos con las tetillas. Nos las masajeamos, nos las chupamos y de allí a besos y más besos muy húmedos. Me acaricia la barba y se la pasa por su cuello, por sus labios. Nos gustaba escupirnos y después recoger con nuestras lenguas la saliva en la cara del otro. Se acerca el rubio sonriente, lo invito a participar y al instante los tres nos estábamos besando intensamente. Así por varios minutos. De pronto siento que cada uno de ellos se prende con su boca en cada una de mis tetillas. Me agarran la pija, me pajean, me pajeo, todo simultáneo y confuso. Estábamos así cuando la boca de un tercero que creo verlo de rodillas me chupa la pija. Tres bocas para tres de mis cuatro partes más sensibles. El alcohol, la calentura, el popper, me hacen hervir. Escupo leche y gritos. Los tres siento que me aprietan muy fuerte y que están viviendo de igual a igual mi acabada.

Los despido cariñosamente, me visto, salgo a la calle, me como un sándwich con una gaseosa, tomo el subte y me voy a dormir.

Ya en la cama, rebobino, cuatro polvos en cinco días. Un buen promedio para un hombre maduro.

Londres, noviembre de 2015