“Desnudar los instintos tapados por la formalidad”. Quizás sea esta una de las principales razones (aunque hay varias más) que impulsa a desafiar esta aparente represión.

Una pija asomando de un pantalón de impecable prolijidad, un pecho peludo y unas tetillas erectas dejándose ver en una camisa muy bien planchada y un nudo de corbata apenas aflojado y fuera de lugar, despierta los deseos de cualquier macho que tenga a la vista ese desequilibrio formal.

Los hombres de traje ofrecen la imagen de  ser “bien machos” aunque les guste chupar pijas, bajarse los pantalones y entregar su caliente y piloso culo.

Las corbatas son un anticipo simbólico de una deseante pija (por su tamaño, su color, su manifiesta virilidad). También en el intercambio sexual pueden ser útiles para tirar de ellas y acercarlos cuerpos, para atar pies y manos e inmovilizar eróticamente al compañero.

En el juego mutuo entre jóvenes y mayores, éste puede mostrar su superioridad, experiencia con su ropa formal y aquél su inmadurez entregándose totalmente desnudo.

Las vestimentas son fetiches que comunican intereses comunes y complementarios al servicio de la búsqueda de placer.